Roberto Monlero (82 años)- Vendedor de periódicos

Abril 03, 2017 · Hombres, Sin pensión

Desde hace 17 años, Roberto se encarga de llevar noticias frescas a los vecinos de su barrio en Jesús María. Antes de encargarse de las ventas de revistas y periódicos, él tenía diferentes ocupaciones y alquilaba su quiosco a familiares para que se ocupen de él. Éste pequeño puesto de periódicos amarillo fue lo primero que Roberto y su esposa, Filomena, compraron cuando llegaron de Ayacucho a la ciudad de Lima en 1960. Durante esa época, Roberto incursionó en negocios bastante innovadores y rentables pero que tuvieron finales inesperados. Su primer oficio fue la venta de prendas de vestir y frazadas a familias de migrantes que solían vivir en los corralones de Breña, Pueblo Libre y Jesús María. El negocio iba muy bien, hasta que de pronto la mayoría de sus “caseros” decidieron mudarse intempestivamente a las famosas primeras barriadas o pueblos jóvenes en las periferias de la ciudad. Este rápido cambio hizo que Roberto no pudiera cobrar el valor de las mercancías a sus clientes, ya que se las había dado a concesión y tuviera que cambiar de negocio.

Durante la década del 80, se aventuró en el rubro de la comida y abrió un puesto de venta ambulante de emparedados que tuvo mucho éxito en el distrito. Algunos años después, la alcaldesa de turno –Paquita Izquierdo– creó una ordenanza que prohibía este tipo de negocios en las calles de Jesús María, lo cual obligó a Roberto a cerrar. De esta manera, a los 65 años decidió comenzar a trabajar en su quiosco de periódicos junto con su esposa.

Brindar información y cultura a los vecinos de Jesús María es un trabajo bastante sacrificado y que demanda mucho tiempo. “Nos levantamos 4:30 de la mañana y estamos hasta las 9 de la noche” –explica Roberto. Primero, se recogen los diarios de la agencia de distribución ubicada en la cuadra 2 de la avenida Húsares de Junín. Luego, llevan toda la mercadería en un cochecito hasta su quiosco y proceden a arman los periódicos ordenando sus distintos suplementos. A las 6:30 am, apilan los diarios y los cuelgan para exhibirlos. A partir de esa hora comienza el momento más agitado del día, llegan los vecinos a comprar los diarios y comentan las últimas noticias leyendo los titulares.

Con más calma, durante la tarde y la noche, Filomena y Roberto permanecen sentados dentro de su quiosco leyendo alguna revista, terminando un crucigrama complicado y atendiendo a algún cliente esporádico. Ya a las 9 pm, luego de 16 horas de trabajo, cierran el negocio y regresan a casa para un merecido descanso. “¡El negocio ha cambiado mucho!” –exclama Roberto. Cuando él comenzó a vender periódicos y revistas, sólo había 25 quioscos en los distritos de Jesús María, Pueblo Libre, Magdalena y San Miguel. “¡Ahora están en todas las esquinas! Acá, en Jesús María solamente, hay 150. En esta esquina, en la otra esquina, por allá. ¡Estoy rodeado de quioscos!” –exclama asombrado. Además de tener mayor competencia, ahora existe menos demanda de sus servicios porque muchos diarios han comenzado a enviar sus ejemplares a los domicilios de sus clientes.

Pese a que la venta de periódicos es una labor bastante ardua debido a que implica trabajar por muchas horas y hacer un gran esfuerzo físico, Roberto disfruta mucho su trabajo. Le permite estar en contacto con sus vecinos y amigos, es más entretenido que estar en casa y es muy gratificante llevar las noticias recientes a su comunidad. Él no vende periódicos, lleva cultura. Roberto no quisiera tener que dejar este trabajo, pero últimamente está pensando en hacerlo. Hace poco tiempo tuvo que ser operado del corazón, por lo que él y su esposa han decidido que es momento de cambiar de rutina. Planean mudarse a una casa fuera de la ciudad y poner una tienda, la cual puedan atender sin que implique mucho esfuerzo físico. No quieren dejar de trabajar porque desean seguir teniendo suficiente dinero para poder continuar dándose algunos “gustitos”, y porque consideran muy importante seguir siendo económicamente autónomos. Roberto tiene dos hijos que siempre están al tanto de sus necesidades. “Yo le digo que no me den nada, que estoy bien, no necesito” – dice Roberto, porque no le gusta preocuparlos si no es necesario.

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