Aurelio Dominguez (72 años)- Vendedor ambulante

Abril 03, 2017 · Hombres, Sin pensión

Desde hace 52 años, Aurelio vende “canchita” y snacks frente al cine Pacífico de Miraflores ¿Pero cómo llegó a trabajar ahí? Nació en Huánuco en el año 1946 y durante la primera parte de su vida trabajó cultivando la chacra de su familia. Al cumplir 18 años, viajó a Lima para realizar el servicio militar por dos años y tramitar una libreta del Ejército. Al terminar, decidió quedarse en la ciudad, y desde ese momento comenzó a vender alimentos en las calles para sobrevivir. “Yo tenía un amigo comandante y me hospedaba en su casa en la noche, y al día siguiente iba a trabajar vendiendo chocotejas, caramelos y chicles en una cajita que cargaba” – cuenta Aurelio. Poco a poco, fue conociendo la zona y a otros vendedores, ellos le enseñaron el mejor lugar para vender: frente al cine. Durante un periodo fue heladero de D’onofrio. Luego de un tiempo, adquirió el carrito de golosinas que tiene hasta ahora, en el cual también hace y vende canchita, cucuruchos, refrescos, entre otras cosas. “¡Cómo ha cambiado el negocio!” –exclama. Las ventas han decaído mucho desde que las personas optan por ver una película en su casa con un video pirata, y porque los cines ya no permiten que la audiencia ingrese con comida. “Al cine venían la familia, padre, madre e hijos. Era negocio. Ahora ya no porque el dueño del cine no quiere que vendamos, escondido llevan, escondido. Ellos [el cine] venden en cajas y así” – se lamenta.

A pesar de estar enfermo de la próstata y tener los pies muy adoloridos, Aurelio se levanta todos los días a las 6:30 o 7 am para salir a trabajar. Su casa está encima de un cerro en Villa María del Triunfo, debe atravesarlo para poder tomar un bus que lo lleve a Miraflores. “Llego acá, a una cochera. Tengo que lavar mi carrito, lo que falta compro para la venta. Y recién llego al cine a las 12 pm. Acá hago la canchita en la ollita del carro. Trabajo hasta las diez de la noche, a veces hasta las doce o por ahí”. Ahí no acaba su día, debe regresar a casa y, como el camino es largo, a veces llega de madrugada.

Aunque a Aurelio le agradan varias cosas de su trabajo, tiene muchos motivos por los que le gustaría tener la posibilidad de retirarse. "Me distraigo, pues. Si no trabajara ¿Qué hago? Porque estando en casa no hago nada… nada… aquí hablas con el público. También estoy acostumbrado a esto, a trabajar” –explica. No obstante, laborar en las condiciones de salud en las que se encuentra implica bastante sufrimiento. El trabajo y la enfermedad se transforman en un círculo vicioso: está enfermo por trabajar mucho, trabaja mucho y eso no lo deja sanar. “¿Por qué seguir trabajando?” –repite Aurelio sorprendido ante esta pregunta. La respuesta parece obvia, no cuenta con una pensión de jubilación, ya que, al igual que otras personas, nunca trabajó formalmente. “No sé qué puedo hacer… me gustaría retirarme, pero no tendría plata ¿Con quién viviría? Si no hiciera nada, no tendría para comer. Si tuviera plata, descansaría. Descansar, ir a mi tierra, a pasear, a algún lado” –se imagina– “otro  trabajo ya no puedo tener por la edad que tengo ¿Qué trabajo puede haber para mí? No hay otra opción” –dice apenado.

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