Amanda Tijero (72 años)- Repostera

Abril 03, 2017 · Mujeres, Sin pensión

Los helados y pasteles que doña Amandita vende en su tienda "Los bolos" son la sensación de su barrio en Jesús María desde hace 20 años. Sus deliciosas recetas provienen de su propia creatividad y de los secretos de cocina heredados de su madre. “Mi mamá estudió alta repostería, pero sólo cocinaba para nosotros. Como éramos seis hijos, para todos los cumpleaños ella hacía toditos los bocaditos, las tortas, los helados, todo hacía. Y ya pues, tú ahí ya aprendes” –revela Amandita. A pesar de que siempre fue amante de la buena cocina, nunca se había dedicado a ello de manera profesional. Su primera vocación fue el servicio a la comunidad; así, recuerda con mucha felicidad cuando su papá la llevó por primera vez al hospital donde trabajaba y le presentó a una asistenta social. “Esto es lo que tú podrías hacer de grande”- le sugirió y años después, siguió sus consejos. Luego de terminar su carrera en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), trabajó por muchos años en el Hospital de la Policía en el área de neurología y psiquiatría, lo cual le apasionaba.

En 1976, el país estaba en crisis y Amanda decidió migrar a Venezuela, donde incursionó en el mundo de las ventas de cosméticos donde le fue muy bien por su gran carisma y facilidad de conversar con la gente. Luego de algunos años, regresó a Lima y decidió aplicar sus conocimientos en ventas formando una pequeña empresa de tejidos. El negocio era próspero, hasta que “Fujimori mandó a la ruina a todos los artesanos. Mandó traer esa mercadería de afuera con chompas horribles chinas. Yo hacía sacones de calidad, de lana de alpaca. Cuando hubo el Fujishock ¡Fua! La gente muerta de hambre. No tenían ni para comer, menos para comprarse un saco de 50 dólares. Y así tuve que cerrar mi taller” –se lamenta. Amanda no tenía nada y se preguntaba qué hacer. De este modo, se le ocurrió abrir un negocio de helados. “La gente de todas maneras sigue comiendo” –pensó astutamente. Su negocio ha ido creciendo con el tiempo, pero Amanda mantiene su esencia: ingredientes nutritivos y un espacio cómodo y acogedor donde conversar con los vecinos. 

Amanda comienza su día a las ocho mañana cuando se despierta y se alista para ir a trabajar. Camina un par de cuadras desde su casa hasta la tienda e inicia su rutina haciendo una lista de las cosas que debe comprar para cocinar ese día. Luego de ir al mercado, abre su tienda formalmente al público a las once de la mañana. Atiende y cocina al mismo tiempo, hasta que llega Anita –su ayudante estrella–, quien le ayuda con distintas tareas. Cuando Anita se retira, a veces la acompaña su nieto por las noches, porque le da un poco de miedo estar sin compañía en la tienda y regresar sola a casa. Sin embargo, sobreponiéndose a sus temores, la incansable Amanda prepara hasta medianoche los helados que venderá al siguiente al día siguiente a su fiel clientela del barrio. 

“¿Puedes creer que yo empecé a trabajar desde que acabé el colegio a los 18 años? Y hasta ahorita sigo trabajando” – dice Amanda asombrada de sí misma. Pese a haber incursionado en múltiples rubros siempre ha trabajado muy cerca de la calle porque no hay nada que deteste más que estar encerrada. “Necesito la puerta abierta para ver a la gente” –explica, agregando que su carácter es sociable por naturaleza. Su trabajo le encanta porque le permite ser creativa, siempre inventando recetas nuevas, también le da ingresos suficientes para vivir tranquila; así, aunque Amanda no cuenta con una pensión de jubilación, la ganancia de su negocio le permite apoyar a sus nietos si tienen algún gasto extra e incluso ahorrar para su propio futuro. “Tampoco me quiero pasar una vejez de hambre. Y si tengo que ir a una institución de cuidado de personas mayores, hay sitios buenísimos pero son muy caros. No quiero ser un viejo estorbo para mi hija. Ella tiene 3 hijos ¡imagínate que se le queda la vieja ahí colgada!” –dice bromeando pero también preocupada por no causar algún malestar a sus seres queridos. Por último, pero no por eso menos importante, no hay nada más que la anime a seguir trabajando que el cariño que le dan sus clientes “A veces pienso ¿será que de verdad es tan rico lo que hago o será que lo dicen por mí?” – ríe Amanda. “Una vez hasta me dijeron que estos son los alfajores más ricos de todo Lima” – cuenta, muy halagada.

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